
Hay microorganismos que llegan al campo precedidos por una explicación complicada y otros que, de tanto utilizarlos, terminan convertidos en una especie de lugar común. Trichoderma pertenece al segundo grupo. Está en biofungicidas, tratamientos de suelo, inoculantes, consorcios microbianos y biofábricas. Se recomienda para raíces, enfermedades y establecimiento de cultivos con una familiaridad que a veces resulta sospechosa: “ponle Trichoderma” y seguimos con la conversación.
El problema es que Trichoderma no es una cosa. Ni siquiera es una especie. Es un género completo de hongos, con especies y cepas capaces de comportarse de maneras muy diferentes. Algunas colonizan raíces, otras destacan por su capacidad para antagonizar ciertos hongos, algunas producen metabolitos interesantes y otras simplemente no tienen las características que buscamos para agricultura. En el episodio, el Dr. Juan Florencio Gómez Leyva lo plantea desde el principio: estamos frente a un grupo cosmopolita, difícil de clasificar sólo por su apariencia y mucho más diverso de lo que el nombre que aparece en una etiqueta deja imaginar. Edicion-1
Y ahí comenzó esta serie de Agronauta. No queríamos hacer otro episodio de “los beneficios de Trichoderma”. De esos ya hay suficientes. Queríamos empezar por una pregunta mucho menos cómoda: ¿sabemos realmente qué estamos aplicando?
El hongo que parecía más sencillo de lo que era
Durante mucho tiempo, nombres como Trichoderma harzianum funcionaron casi como una categoría genérica dentro de la agricultura. Pero la taxonomía molecular complicó la historia. Hongos que morfológicamente parecían prácticamente iguales comenzaron a separarse cuando se utilizaron herramientas más precisas de identificación. El caso de la famosa cepa T-22 es un buen ejemplo: durante años fue conocida bajo T. harzianum y posteriormente su identificación tuvo que revisarse conforme avanzaron las herramientas moleculares. Edicion-1
Lo interesante no es descubrir que la ciencia cambió de opinión. Eso es justamente lo que debe hacer la ciencia cuando aparecen mejores herramientas. Lo verdaderamente interesante es la consecuencia agronómica: conocer el género y hasta la especie puede seguir siendo insuficiente si no conocemos la cepa y la función para la que fue seleccionada.
Una cepa local tampoco recibe automáticamente un diploma de excelencia por haber nacido cerca del cultivo. Puede estar mejor adaptada a ciertas condiciones de suelo, temperatura o humedad, pero todavía tiene que demostrar que posee la función que buscamos. Juan Florencio explica que, entre grupos de aislamientos estudiados, sólo una fracción muestra características interesantes para objetivos concretos como el antagonismo contra fitopatógenos. Edicion-1
En otras palabras, encontrar un hongo verde creciendo vigorosamente sobre arroz puede ser muy emocionante. No significa que acabemos de descubrir un buen bioinoculante.
No se limita a “comerse al hongo malo”
La otra simplificación ocurre cuando intentamos explicar cómo funciona. Durante años hemos resumido a Trichoderma diciendo que “se come” a otros hongos. El micoparasitismo existe y es fascinante: algunas cepas pueden interactuar directamente con otros hongos y desplegar enzimas como quitinasas, glucanasas y proteasas.
Pero reducir todo a esa imagen es perder buena parte de la historia.
Trichoderma también puede competir por espacio y nutrientes, producir metabolitos, modificar el ambiente de la rizósfera e interactuar con la planta. Algunas cepas pueden asociarse estrechamente con las raíces y participar en respuestas relacionadas con disponibilidad de nutrientes y defensa vegetal. Edicion-1
Eso explica por qué hablar de Trichoderma como si fuera simplemente un fungicida biológico puede resultar engañoso. Un fungicida es una molécula que aplicamos esperando una determinada acción. Aquí estamos introduciendo un organismo vivo dentro de otro sistema vivo. Tiene que sobrevivir, germinar, competir, encontrar alimento y establecerse en un ambiente donde ya existen bacterias, hongos, raíces, materia orgánica, fertilizantes y agroquímicos.
Y entonces aparece el inevitable “depende”, una palabra poco atractiva para vender productos pero bastante útil para hacer agricultura.
Cuando juntar microorganismos no significa sumar beneficios
Hay otra costumbre que merece revisarse: la afición por las mezclas. Trichoderma con micorrizas, con Beauveria, con Metarhizium y, si queda espacio en la etiqueta, con algunos microorganismos más.
La lógica parece impecable. Si todos son “benéficos”, juntos deben ser mejores.
Pero los microorganismos no saben que pertenecen al mismo equipo comercial.
En la conversación, Juan Florencio explica que algunas cepas pueden coexistir mientras otras muestran antagonismo. En determinados casos, Trichoderma puede incluso colonizar al otro hongo que pretendíamos utilizar como aliado. Edicion-1
Por eso una lista larga de microorganismos no demuestra que tengamos un producto mejor. Primero hay que demostrar que pueden convivir.
La compatibilidad no debería ser una promesa de etiqueta. Debería ser un dato.
De un aislamiento a una hectárea hay bastante ciencia en medio
Tal vez ésta sea la parte menos glamorosa y más importante. Encontrar Trichoderma puede ser relativamente sencillo. Convertirlo en una herramienta agrícola consistente no lo es.
El proceso serio empieza con aislamiento, cultivos puros, identificación y caracterización. Después vienen las pruebas bioquímicas, el antagonismo frente a organismos objetivo, la selección y finalmente el escalamiento. Sólo entonces aparece otro problema: cómo producir grandes cantidades sin perder identidad, viabilidad y función. Edicion-1
Por eso el famoso tambo azul merece un poco menos de romanticismo. El hecho de que algo esté creciendo dentro no nos dice necesariamente qué está creciendo, cuánto hay, si existe contaminación ni si conserva las propiedades que originalmente nos interesaban.
La biotecnología agrícola empieza precisamente donde termina la receta casera.
Y ésta apenas es la primera entrega
Por eso decidimos no resolver Trichoderma en una sola conversación. Esta primera entrega está dedicada al organismo: especies, cepas, fisiología, mecanismos de acción, compatibilidad, metabolitos, producción y bioseguridad.
Después iremos a otra capa de la historia: el mercado. Queremos entender cuánto ha crecido realmente, en qué cultivos se está utilizando y qué estamos comprando cuando hablamos de productos basados en Trichoderma. Luego entraremos a formulación y producción, porque una cepa extraordinaria también puede convertirse en un producto mediocre si no sobrevive al almacenamiento o llega al campo en malas condiciones.
Y finalmente tendremos que llegar a la hectárea, donde las promesas dejan de importar y empiezan a importar las preguntas incómodas: cuánto cuesta, cómo se aplica, con qué es compatible, cuánto permanece y cómo sabemos que realmente funcionó.
Quizá, después de todo, llevamos años haciendo la pregunta equivocada.
No deberíamos preguntar solamente:
¿usas Trichoderma?
Deberíamos preguntar qué especie, qué cepa, para qué función, bajo qué condiciones y con qué evidencia.
Ese pequeño cambio de pregunta puede ser la diferencia entre utilizar microbiología y simplemente comprarla.
La primera entrega de esta serie, “Especies, cepas y mecanismos de acción de Trichoderma”, con el Dr. Juan Florencio Gómez Leyva, ya está disponible en https://agronauta.io.
También puedes ver el episodio completo en YouTube:
La siguiente etapa será salir del laboratorio y seguir el dinero: ¿cómo llegó este hongo a convertirse en un negocio agrícola y qué tan grande es realmente ese mercado?